Ensayo corto diseñado a partir del empleo de “La mujer que se sabía
todos los cuentos” de Carlos Rubio como pretexto
Traigo un mensaje para ti
proviene de tierras lejanas,
tiempo distante y
un bello amanecer.”
José Coto Bravo
Así como José Coto lo dice en su poema Sendas, he
de empezar a dar mi mensaje sobre una tierra que huele a mujer, y que como tal
a sufrido de las circunstancias de la sociedad y el tiempo, Carlos Rubio autor
del libro: La mujer que se sabía todos los cuentos, comienza diciendo que en un
momento a esta chica le dicen su nombre pero que ha pasado tanto tiempo que
ella solo posee fragmentos vagos de un pasado que empieza a escaparse entre sus
dedos, esta ha de ser la idea que brindará cauce a esta visión desde mi
cristal.
Hubo una niña que perdió su nombre, esta pequeña no
es más que la mujer en América, que tiene apariciones en la historia en la
medida que tenga a un hombre cerca y no sólo en el plano sentimental, sino como
madre, amiga, hija, hermana o consejera, tal es el caso de Manuela Saenz, la
que es parte en la historia no por su revolucionaria forma de ser, sino por su
relación con el libertador Bolívar. ¿Y dónde queda Manuela? Lo que siente, sus
riesgos, su entusiasmo, sus lágrimas, ella estando en vida, a mi parecer amaría
que la vinculen con Bolívar, pero le encantaría que la vieran como esa mujer
que es.
América como lo dice el título es tierra mujer, si
detallamos cuando observamos un mapa, nuestro amado y exuberante continente
posee caderas amplias como nuestras mujeres, una fuerza dentro de sí que la
motiva a que aunque la traten mal, cortando sus ramas, ella vibra, brota de su
vientre una maravilla de detalles y de nutrientes para alimentarnos a todos sus
hijos, para enseñarnos tal como lo hizo Carmen Lyra o María Elena Walsh, Frida
Kahlo, figuras femeninas que en cada letra, en cada sonido, en cada trazo
enseñaron no solo a niños, sino a la población en general.
Es increíble ver como en nuestra sociedad “tan
globalizada” se siguen dando situaciones que parecen locuras en el tiempo,
mujeres que hoy desplazan su dignidad ante la figura de un hombre pues fueron
criadas para ser trofeo de la casa, que aguantan situaciones casi de película
de terror con tal de mantener las apariencias o de no batallar porque “ya no
tienen más fuerzas”. Entonces, es este el momento en que cruza la pregunta por
mi cabeza, ¿y cuál es la diferencia entre las mujeres ya citadas y otras como
Sor Juana Inés de la Cruz con mis amigas, mis vecinas, mi madre, la señora de
la soda donde almuerzo y mis profesoras?
Ah, mujeres! Todos deberíamos poder responder esta
pregunta y ojala buscando la forma de nutrir nuestro espíritu y así cual madre
que lava las heridas de su hijo, poder todos no tapar los errores y situaciones
del pasado sino darnos a cada cual esa dignidad que poseemos por el simple y
perfecto hecho de ser criaturas humanas.
Ver a mujeres como estas no es una simple muestra
de rebeldía o resiliencia femenina en nuestro continente, sino un llamado a ver
a todas esas mujeres que día a día, así como América, toman mil facetas según
lo necesitan para enfrentar al mundo. América nuestra joven del cuento, no es
muchas mujeres es solo una, como todas las que vemos a diario, con sus tantas
expresiones: madre, enfermera, psicóloga, científica, chef, educadora, cirujana
de heridas físicas, de animales de peluche y del corazón.
Fijar mi vista en todas las Gabriela Mistral,
Alfonsina Storni, Eunice Odio y Violeta Parra, que tienen por nombre Mujer, es
mi ideal de un cambio, y visualizándolas como constructoras de una sociedad,
que vibra y funciona con perfume floral, con aroma y figura de mujer.
¡Ánimo, construyamos una nueva cultura que nace de las entrañas!
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